martes, 17 de agosto de 2010

“EL DIOS QUE HABLA”

(Hebreos 1:1,2)

Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo.


El Dios cristiano es un Dios que habla, no un fetiche, ni un amuleto, ni un problema filosófico, ni una disquisición teológica. Es una persona creadora que se interesa incesantemente por las personas creadas. Si algo define el carácter de Dios, es su agonía por darse a conocer a los hombres. Dios está constantemente hablando, y su más grande anhelo es ser oído por sus hijos. Esta es la reveladora afirmación que hace el autor de la carta a los hebreos, ya en las primeras palabras de la epístola: que Dios habló en otro tiempo a nuestros padres por los profetas. ¿Por los profetas? ¿No es verdad que estos mensajes de los profetas nos lucen excesivamente lejanos en el tiempo y la distancia? ¿No es verdad que cuesta esfuerzo el pensar que tienen alguna relación con nuestro mundo actual? Sin embargo, bien sabemos que fueron lanzados al viento y escritos en los pergaminos también para nosotros en el día de hoy.

Si tenemos claro el concepto de lo que es la iglesia, así lo entenderemos. Porque la iglesia del Señor es la misma desde los antiguos tiempos. Desde Abraham por lo menos, cuando Dios constituyó una comunidad con un propósito, el más sublime de todos los propósitos: el de un pueblo seleccionado y elegido para dar testimonio del amor y del poder del altísimo. Después de la liberación milagrosa en Egipto, los israelitas se movieron hacia la tierra prometida, conscientes de su destino histórico ahí bajo la dirección de Josué y de sus descendientes, se mantuvieron firmes, a pesar de las amenazas y los asaltos de muchos enemigos. Y fue en tiempos del rey David cuando la comunidad se hizo nación, y alcanzo la cima del prestigio y de la gloria. Pero durante el reinado opresor de Salomón, bajo la falsa superficie de una aparente prosperidad, comenzó la inquietud del pueblo, y a la muerte del rey exploto el volcán de la guerra civil.

El reino hasta entonces unido se dividió en dos, el del norte y el del sur. Y sucedió que no solo se entablaron batallas fratricidas, sino que ambos reinos fueron a su vez avasallados y conquistados por los poderes imperialistas del cercano oriente. El reino del norte fue arrasado primeramente por los asirios; y el del sur, poco más de un siglo después, cayó bajo el poderío de los babilonios. Es en medio de este periodo tumultoso que hacen su aparición los profetas. Hombres como Samuel, Elías, Amos, Oseas, Isaías, Jeremías y Ezequiel; hombres de tremendo coraje y de inconcebible lealtad al señor. Fueron ellos los que sirvieron de hilo conductor para que resonase en las paredes de los siglos aquellos la voz de Jehová, el señor de los ejércitos.

Si se quiere una definición de profeta, hela aquí: profeta es uno que transmite el mensaje de un Dios que habla. Porque todavía hay gentes en nuestras iglesias que creen que un profeta es un palmista, un adivino o un mago. El verdadero profeta de Israel fue aquel que supo interpretar en el nombre del señor las crisis históricas del pueblo escogido, a la luz del pacto de lealtad establecido desde los tiempos de Abraham. Y no fue como todavía creen muchos uno que anunciaba meramente las desgracias del futuro, sino alguien que hablo de las más urgentes situaciones y necesidades del presente histórico. Como bien dijo Francisco de Sales: "en la conjugación religiosa, el tiempo presente es el que más cuenta". Y si algunos de los mensajes de los profetas de Israel encajan en nuestro mundo y en nuestra condición de hoy, es porque los sucesos se reproducen cualitativamente. Y el mensaje del señor está vigente desde la eternidad y hasta la eternidad, como un faro esplendoroso que ilumina las noches de todos los siglos.

De otra manera: nuestro Señor es también Señor de la historia. Como bien dice el profeta Daniel: "el muda los tiempos y las condiciones; el quita reyes y pone reyes". El usa como instrumentos a su pueblo y a los enemigos de su pueblo. Su poder no conoce límites: "el da sabiduría a los sabios, y ciencia a los entendidos; el revela las cosas profundas y secretas…. Y la luz mora en él". Y si creemos esto, que nuestro Dios es también el Dios de la historia, hemos de aprender a captar el mensaje de un Dios que habla en cada acontecer. Esta es una verdad que los mexicanos deben recibir como un aporte de la iglesia al espíritu nacional. Hay ocasiones cuando Dios habla al estado por medio de la iglesia; otras cuando habla a la iglesia por medio del estado. Yo, por lo menos, creo que Dios ha hablado en los sucesos de estos últimos años, en los que he sido un espectador y un oidor muy interesado.

Yo creo percibir lo que Dios nos ha querido decir: que no confiemos en los hombres más que hasta el límite en que los hombres se hacen Dioses; Que no podemos ser incondicionales seguidores más que de Jesucristo; que aun en medio de la mayor libertad política puede haber la más horrible esclavitud en el pecado y la corrupción. Que el afán de riquezas, de gloria y de poder, puede trastornar a un hombre hasta convertirlo en un infrahumano, en una bestia…. Y he recibido también el mensaje de un Dios que habla en este proceso social, democrático, religioso, político y económico de ahora, en el México violento. ¿Cómo es posible que la iglesia mexicana presbiteriana no haya tenido algo que decir en tantos años, marginada de todo empeño de justicia social? ¿Cómo explicar nuestra ceguera ante tanto hombre explotado, ante tanto fraude electoral, ante tanto niño abandonado, maltratado, descalzo y lleno de parásitos? He pensado a veces que fue para nosotros que el señor Jesús dijo estas palabras: "apartaos de mi malditos…. Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber…. Desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Porque no lo hicisteis a ninguno de mis hermanos pequeñitos, ni a mí lo hicisteis".

Lo de hablar por medio de los profetas fue en el antiguo tiempo. Pero el escritor continua: "en estos postreros días nos ha hablado a nosotros por su hijo". Es que la voz de Dios se afina, y se hace más nítida y perceptible, en la misión de Jesucristo. En él, que es la suprema revelación de Dios, el mismo Dios en forma de hombre, todas las otras revelaciones tienen sentido y mensaje. Todas las otras voces, las de la naturaleza, las de la historia, las de la biblia armonizan con la de Jesucristo, y solo con ella, y únicamente así se produce la sinfonía perfecta.
Esta es precisamente la tarea de la iglesia presbiteriana en este momento histórico: que el pueblo escuche la voz de Jesucristo. En medio del tumulto de voces que quieren hacerse oír, la de Jesucristo debe ser directora y orientadora. Solo así andará nuestra nación por caminos de victoriosa solidaridad.
Pero insisto en que esta es responsabilidad de la iglesia, es decir, nuestra. Somos nosotros la comunidad de los creyentes en Jesucristo los que tenemos que perifonear esta verdad: ¡¡¡El Señor reina!!!

Hasta aquí está todo bien, si las cosas suceden tal como las hemos planteado. Pero supongamos que se aplica a nuestro caso lo que el propio autor de la carta a los hebreos señala al comienzo del segundo capítulo. "Por lo cual debemos dar más solicita atención a las cosas que hemos oído, no sea que acaso, como vasos rajados, las dejemos escurrir". ¡Vasos rajados! ¿Pudiera acaso pensarse en un símil más elocuente? Nosotros, los que hemos tenido el gran privilegio de oír indistintamente la voz de Dios que nos habla, pudiéramos estar muy bien comprendidos en esta clasificación: ¡vasos rajados!
Un vaso rajado es solo apariencia, porque para nada sirve. Todo lo que en él se eche se escurre gota a gota, y al cabo de algún tiempo esta tan vacio como antes. Ni siquiera sirve para hacer resonar una nota, porque la rajadura se la traga, y lo que se escucha no es más que el golpe seco de un cuerpo sin vida.

Nuestra capacidad para retrasmitir al pueblo mexicano el mensaje de un Dios que habla, dependerá de que no seamos vasos rajados. Si nuestra fe se mantiene integra en todo tiempo, si nuestra confianza en el señor de la historia se mantiene incólume en todas las circunstancias. Si nuestra esperanza en el reinado final de Jesucristo no sufre variación alguna, entonces sí que somos buenos depósitos de la verdad de Dios, y buenos hilos conductores de su empeño redentor.

Dios habla: "quien tiene oídos para oír, oiga".





jueves, 24 de junio de 2010

ESPERANZA TRANSFORMADORA

La genuina fe cristiana es la única esperanza del mundo moderno. En medio de los increíbles avances de la ciencia de nuestro siglo, la Palabra de Dios aun tiene candente actualidad. En efecto, al contemplar las últimas conquistas del ser humano, el corazón consciente tiembla ante las posibles consecuencias. Mientras la capacidad científica del ser humano aumenta diariamente, su espíritu se atrofia frecuentemente. Esto puede resultar en un ser humano capaz de volar los espacios lejanos, pero incapaz de comprender su relación con Dios. Puede producirse así un ser humano que domina la materia pero es luego dominado por lo intangible. La aplicación práctica de extraordinarios descubrimientos ha sido muchas veces con fines de destrucción y de muerte.

¡Qué magnífico privilegio vivir en este siglo de increíbles realizaciones! Pero, al mismo tiempo, esto constituye un serio peligro para el desarrollo completo del ser humano y el cumplimiento de su específica misión como criatura de Dios. A menos que el hombre moderno sea tocado por el poder de Dios, afectado por su mensaje redentor y transformado por su Espíritu, inexorablemente se dirige hacia un abismo en el cual encontrará más problemas que soluciones. El Creador del universo que estamos explorando es también el Creador del ser humano a quien dotó de especiales virtudes y posibilidades. La desobediencia a Dios provocó la degeneración paulatina del hombre, pero la intervención divina en el proceso histórico ofreció una nueva vía de santificación. Por medio de la fe en el Hijo de Dios el ser humano puede acercarse a su Creador y ser renovado en su fuero interno. Esta es la esperanza del mundo moderno. El gran interrogante es: ¿Verá el hombre al Cristo como su poderoso Salvador o desechará ese amor divino?

La fe cristiana, en su prístina pureza, comienza su obra en el corazón silencioso del hombre. Pero de allí traslada su impacto de inmediato a la familia. Es interesante notar cómo la Revelación Divina, desde el Génesis hasta el Apocalipsis tiene decidido sabor familiar. Si el mundo de hoy requiere mujeres y hombres cristianos, sumisos a la voluntad de Dios y dispuestos al sacrificio por la causa de Cristo, también es cierto que el mundo actual requiere una sólida familia cristiana. Solo así podrán nuestros contemporáneos disfrutar de un presente digno de vivir y digno de ser legado a su posteridad. La transformación del mundo de hoy, sin embargo, en un mundo de armonía, justicia y equidad, solo podrán efectuarse cuando cada uno vea su familia transformada, cuando esa transformación afecte a su prójimo y cuando, al fin, envuelva a toda la sociedad en su vorágine renovadora. La institución que llamamos la familia se encuentra en la encrucijada. Que sea, pues, el Cristo de los siglos, el huésped invisible de cada hogar en el que Su Palabra (la Biblia) sea leída.

jueves, 27 de mayo de 2010

“PRE-REQUISITOS PARA PLANEAR”

Una iglesia puede soñar acerca de mejores facilidades, un mejor presupuesto, un personal más grande, pero a menos que la iglesia comprenda su misión, estos importantes recursos no pueden ser colocados en perspectiva adecuada y no producirán resultados máximos.

Algunas iglesias trabajan bajo la idea de que ellas existen por sí mismas. Una iglesia no debe permitirse ser un fin en sí misma, debe ser un medio hacia un fin. Esta debe existir para llenar las necesidades de la gente, tanto dentro, como fuera de la iglesia.

Cuando una iglesia da demasiada atención a sus facilidades, sus organizaciones, su imagen de éxito, aun sus propios miembros, está en peligro de llegar a ser un fin en sí misma. Y cuando esto sucede, ha perdido, o nunca ha comprendido su misión.

La misión de la iglesia está definida así: la Palabra de Dios y el mundo quien es objeto del amor de Dios. Es Dios quien permite que la iglesia exista. Es el mundo quien pone la agenda para el trabajo de la iglesia. La misión de la iglesia es proclamar y llevar testimonio del hecho que Cristo es Señor de todos y el único Salvador del mundo.

Es el trabajo de la iglesia encontrar formas para demostrar el señorío de Cristo y pensar en cada área de la vida, tanto pública como privada, donde el bienestar humano y de la comunidad están en peligro, donde la expresión de la voluntad de Dios está en peligro.

Una iglesia debe llevar este testimonio, debe hacer esta proclamación, y debe llevar a cabo esta misión tomando parte en la vida de la comunidad. Para cumplir su misión en su comunidad, una iglesia debe saber su misión. Y el descubrirla será una experiencia espiritual.

El conocimiento de su misión puede ser obtenido solamente por medio del estudio bíblico bajo la dirección del Espíritu Santo. Después de haber llegado a una comprensión de su misión, una iglesia debe descubrir sus necesidades y las necesidades de su comunidad. Este conocimiento debe ser tan completo como sea posible. Cada necesidad descubierta, representa una oportunidad para que la iglesia cumpla su misión.

En algunas comunidades, una iglesia descubrirá más necesidades que las que pueda llenar. Se deben decidir prioridades a la luz de la comprensión que la iglesia tenga de su misión.

Una iglesia puede usar su tiempo y sus recursos haciendo bien, pero a menos que planee, las cosas que haga no le pueden ayudar a cumplir su misión. Planeando por sí misma no podrá despertar una iglesia que piensa que ya tiene un curso de discipulado señalado. No puede cambiar el curso de una iglesia cuya preocupación principal es sobrevivir (Ese despertamiento y esa nueva dirección debe haber principiado por el poder del evangelio).

El planeamiento, sin embargo, puede traer beneficios a la iglesia que está dispuesta a pagar el costo del planeamiento.

El planeamiento da estos beneficios:

1.- Sentido de propósito: ¿Por qué existe una iglesia? ¿Sabe la gente cual es el propósito de la iglesia?

Este propósito viene de la comprensión de la misión de la iglesia y las necesidades de la comunidad. Cuando una iglesia pasa a través del proceso de planeamiento, vendrá a comprender más claramente adonde va y que es lo que debe hacer para llegar ahí. Muchas iglesias se guían por el calendario y no planean. Las actividades de cada año son las mismas de los años anteriores y esto hace que muchos miembros digan: "este año déjenme fuera…"

2.- Sensible a las necesidades de la vida: una de las críticas que más se oye hoy en día es que la iglesia no es sensible a las necesidades modernas de la vida. Esta censura viene tanto de los miembros mismos, como de los no miembros primeramente. Y no es suficiente levantarnos de hombros ante esta acusación.

3.- Unidad de propósito: la iglesia verá que las actividades de sus organizaciones alcancen las necesidades que ha descubierto.

4.- Mayor motivación: los miembros trabajaran más diligentemente hacia las metas que se han propuesto.

5.- Mayordomía de recursos: planeando, la iglesia podrá usar su personal de tiempo completo, dinero y facilidades en las áreas de mayor importancia.

Las escenas de la experiencia diaria en la comunidad y en el mundo nos dicen a gritos que vivimos en medio de una sociedad enferma de odio, envidia, rencillas, muerte. Así que la iglesia debe ser una bendición practica a la sociedad en todo lo que pueda, pero ordenadamente en proceso de planeamiento continuo.





miércoles, 10 de marzo de 2010

LA LITURGIA: “promoción de la fe y del servicio en amor”

Lectura del escrito: "La Misa Alemana y el Orden del Servicio Divino" (Enero de 1526) del Dr. Martín Lutero.

Entre los luteranos la figura de Lutero es muy respetada pero poco consultada y menos leída. El intento de este escrito es ayudarnos a caminar a través de uno de los más importantes escritos del Reformador con relación a la situación litúrgica en que se encontraban las comunidades que se habían adherido al movimiento y que pueden ser de inspiración para nuestra tarea pastoral.

El escrito surge de una profunda preocupación pastoral porque "cada uno hace lo que quiere, algunos con buenas intenciones y otros a partir de caprichos por el mero hecho de introducir novedades". Situación muy semejante a la que viven muchas de nuestras comunidades a partir de una confusión entre una celebración litúrgica que tiene como objetivo significar un mundo simbólico y un programa religioso que tiene como objetivo entretener. En el área de la acción litúrgica tenemos que tener mucho cuidado con el uso que hacemos de la libertad evangélica porque "algunos la utilizan con el único objetivo de alimentar su propio gusto o provecho, y no buscando honrar a Dios y aquello que es positivo para nuestro prójimo". La celebración litúrgica de la comunidad cristiana se fundamenta en el consenso a través del tiempo y el espacio. Esa celebración no puede ser entendida como un espacio de experimentación caprichosa o sin conocer la real naturaleza de aquello que se quiere renovar. En esta área de la renovación litúrgica debe tener muy en cuenta que esa "libertad sea sierva del amor y de nuestro prójimo".

Indudablemente Lutero no busca la uniformidad pero si un sentido de unidad. Que todo cristiano se pueda sentir en su casa en cualquier comunidad en la que se predica la Palabra y se administran los Sacramentos. Así como tenemos un mismo bautismo, una misma fe y una misma esperanza, esa unidad debe reflejarse en la estructura básica y fundamental de toda celebración. Hay elementos que por necesidad evangélica deben estar presentes porque constituyen el ordenamiento profundo de la acción comunitaria unida en la alabanza, la escucha obediente de la palabra y el alimentarse en la mesa sacramental. En todo debemos buscar tener los mismos sentimientos a semejanza de Cristo Jesús.

Recuerda Martín Lutero en este escrito que nunca la realidad litúrgica previa a la Reforma era uniforme. Conventos, capillas, órdenes religiosas y diversidad de costumbres brindaban un panorama variado y muy rico. Pero reconoce que sosteniendo esa diversidad había una estructura básica que daba unidad a la diversidad. Indudablemente si fuéramos ángeles no tendríamos necesidad de ninguna estructura litúrgica pero ese tiempo aún no ha llegado. "Es necesario tener tal orden por consideración de aquellos que buscan llegar a ser cristianos o necesitan fortalecerse, de la misma forma en que como cristianos necesitamos del bautismo, de la palabra y de los sacramentos, no porque seamos cristianos (porque en cuanto tales ya los tenemos) sino porque somos pecadores". Aquellos que pretenden estar liberados de un determinado orden litúrgico que tiene su fuente en el Evangelio confunden los tiempos de la historia de la salvación.

La celebración litúrgica es el espacio privilegiado en el cual la comunidad cristiana se "ejercita diariamente en las Escrituras y en la Obra de Dios" y es también una herramienta que "ayuda en el avance del Reino de Dios". Por amor de este Reino es que celebramos la litúrgica.

En este tratado Lutero nos habla de tres diferentes servicios litúrgicos : el primero es el llamado "Formula Missae" que consiste en la celebración realizada aún en latín porque extrañamente Lutero no quiere atar el Evangelio a ninguna forma cultural que pueda ser excluyente o exclusiva. De acuerdo a pautas de su tiempo no quiere que desaparezca el latín de la liturgia por consideraciones pedagógicas. Al contrario quisiera que tanto el hebreo como el griego se utilizaran tanto como el alemán y el latín. Pero de aquello que más miedo tiene Lutero es de que el uso de un idioma lleva a despreciar los otros y pone el ejemplo de lo que llama los valdenses de Bohemia "cuya fe esta envuelta con el ropaje de su propia idioma de forma tal que si uno desea comunicarse en forma comprensible y clara con ellos tiene que aprender su idioma. Esto no fue la forma en que actuó el Espíritu Santo en los comienzos. Ese Espíritu no espero a que todo el mundo viniera a Jerusalén y aprendiera el hebreo. Sino que doto al oficio del ministerio con todas las gamas de idiomas, de forma tal que los apóstoles podían hablar con todos aquellos pueblos adonde iban. Yo prefiero seguir este ejemplo". Esto hoy se llama inculturación del evangelio. La necesidad de comprender las raíces del mensaje evangélico, y en este caso las raíces evangélicas de la liturgia, para hacerla hablar en el idioma comprensible por nuestro mundo y nuestra cultura.

El segundo orden litúrgico es el que se está ocupando en este escrito y que es la Misa Alemana y el tercer Servicio Divino, que sería el verdaderamente evangélico es aquel que se celebra en forma reservada para los que saben en qué misterio están participando. Lutero tiene muy claro el peligro de confundir espacios. Las plazas no son los lugares de reunión de la comunidad cristiana porque el Sacramento de la Cena exige el bautismo y la conversión. La liturgia es para Lutero un espacio de misterio y de catequesis. Retoma los fundamentos tradicionales de que la primera parte de la celebración está destinada a los que quieren llegar a ser cristianos: los catecúmenos. Es por ello que la primera parte de toda celebración litúrgica tiene ese nombre y su columna vertebral son las lecturas y la predicación. Solo los bautizados y los discípulos pasan a la segunda parte: la mesa eucarística. Es por ello una descalificación de los fieles cuando se interrumpe la celebración luego del sermón. Esto significa que consideramos a la comunidad nuevamente en una situación pre-bautismal y no responde a la espiritualidad luterana, o al menos la espiritualidad de Lutero, para ser más precisos.

Ese espacio también es el primer espacio y acción diacónica porque la ofrenda o dinero dado en ese contexto tiene como objetivo primario el ser repartido entre los pobres. Citando la Segunda Carta del Apóstol Pablo a los Corintios, Lutero recupera el sentido histórico de ese gesto litúrgico. Comunión visible con las necesidades del mundo. Las oficinas de proyectos de nuestras iglesias, los mismos proyectos de servicio de nuestras comunidades son continuidad de este gesto litúrgico de compromiso y seguimiento a la Palabra vivida y proclamada.

En la segunda parte del escrito Lutero describe los elementos que deben contener los distintos oficios litúrgicos celebrados en días domingo o días de fiesta. Por la mañana temprano canto de salmos, sermón sobre la epístola del día, antífona, Te Deum o el Cántico Evangélico llamado de Zacarías (Benedictus) tomado de Lucas 1: 68-79, seguido del Padrenuestro, otra oración y la Bendición. Un esquema simple y práctico de celebración matutina. En la misa de media mañana las lecturas siguiendo el ordenamiento establecido y en la tarde, para las Vísperas el centro es el Cántico Evangélico llamado de María (Magníficat) tomado también de Lucas 1: 46-55. Nuevamente otro sermón

En cuanta a las vestimentas litúrgicas, Lutero afirma que "las vestimentas de la misma, los altares y las luces se han de mantener", pero tiene esta sorprendente afirmación teniendo en cuenta que recién cuatrocientos años después se habría de poner en práctica cuando dice que "en la verdadera Misa, entre cristianos sinceros, el altar no tendría que ser retenido, y que el sacerdote tendría siempre que estar vuelto hacia el pueblo tal como, sin ninguna duda, lo hizo Cristo en la Ultima Cena". Además de intentar recuperar ese gesto, lo que subyace detrás es retornar al concepto central de que el Sacramento es una comida y todos los elementos nos deben recordar esa realidad. El celebrar dando la espalda al pueblo nace de las celebraciones en las catacumbas cuando se hacia la misa sobre la tumba de un mártir. Lutero avanzando a su época tiene un claro sentido litúrgico de retornar a la naturaleza primera de la Santa Cena.

La estructura de la misa luterana debe tener un cántico espiritual o un salmo de entrada, el kyrie eleison, la oración de la semana (colecta) cantada al igual que la Epístola también seguida por un cántico. El Evangelio leído mirando al pueblo seguido del credo y de la predicación. Inmediatamente después sin ningún tipo de ruptura, el Padrenuestro con una exhortación para aquellos que se han de acercar a comulgar. Las palabras de institución rodeadas de plegarias.

En cuanto a los gestos, Lutero quiere retener la elevación que consiste en elevar el pan o el cáliz luego de pronunciar las palabras de institución. La fundamentación de este gesto es que "el mismo va de acuerdo con el Sanctus y significa que Cristo nos compele a pensar en El. Así como el sacramento es elevado físicamente y aún así el cuerpo y la sangre de Cristo permanecen invisibles, así también con las palabras del predicador. El es conmemorado y elevado, y en la recepción del sacramento reconocemos y celebramos; y aún así todo esto es materia de fe y no de visión porque Cristo entrega su cuerpo y su sangre por nosotros y diariamente intercede delante de Dios para que nos conceda su gracia". Lutero sabiamente separa significación de realidad. No confundir los símbolos con la realidad que desean significar. Este es un tema que sería interesante desarrollar y reflexionar.

Al igual que en el Catecismo Mayor, Lutero enfatiza la necesidad de participar de la comunión diariamente de todos aquellos que así lo desean hacer. No es una ley sino que es una posibilidad que la comunidad cristiana debe brinda.

"Todas estas estructuras y ordenamientos tiene que servir a la promoción de la fe y del servicio en amor" De esta forma concluye Lutero su escrito y creo que no pueden ser mejores palabras para terminar esta breve lectura.

Pastor Lisandro Orlov
Iglesia Evangélica Luterana Unida.
Pastoral Ecuménica y Solidaria con las personas que Viven con VIH-SIDA

lunes, 25 de enero de 2010

“A RÍO REVUELTO…”



"¿Me ven? Aquí estoy…"


Duele, sí, duele y cala en lo profundo la desgarradora imagen de Haití después del terremoto. Duele ver las escenas dantescas de destrucción, dolor y muerte, pero al mismo tiempo el consuelo y la esperanza aparecen en la respuesta de los países hermanos, dispuestos a acompañar y ayudar solidariamente a quien se debate entre la desolación y la desesperación en medio de la ruina y la devastación. Muestra de amor de quienes desinteresadamente sienten la intensidad del sufrimiento de quien lo ha perdido todo y se ha quedado solo.


Pero duele también la prepotencia de quienes han contribuido a la pobreza latinoamericana seguir avasallando y allanando la patria ajena. Y no solo eso, sino también el abuso de quienes muchas veces dicen coordinar la recolección de ayuda y víveres en cualquier lugar. ¡Abuso!, exclamamos, porque muchas veces no lo hacen como los que con amor y el valor de su imagen, organizan conciertos y teletones para recaudar fondos para hacerlo llegar a quienes tanto lo necesitan. Estos otros abusan porque quieren mostrarse al mundo por no ser reconocidos ni respetados en la comunidad debido a la falta de identidad con lo que profesan y hacen. Gente que en los círculos cristianos promueven unidad que no sienten o viven de corazón. Puede ser que el precepto "Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha…" no les satisfaga, y por eso, buscan la autocomplacencia y satisfacción de sus músculos faltos de ejercicio y su vanidad hambrienta de elogios. Gente insípida, gente sin pasión y sin mensaje.


Que nuestra ayuda sea callada y desinteresada, uniéndonos al trabajo de las instituciones correspondientes, y entregar lo que recaudamos sin aspavientos y muestras de reconocimiento, o búsqueda de popularidad en la mala intención de conseguir estatus o una posición política en la sociedad. La testificación, desde luego, es prioritaria y necesaria, como también el compromiso de la iglesia con la sociedad a la cual pertenecemos. Nuestra misión es clara y nuestro compromiso social también.


¿Acción social en la iglesia? Sí. ¿Empeños cívicos o sociales? Sí. ¿Esfuerzos educacionales? También. Pero a través de todo eso, y en todo eso, la proclamación del Evangelio de Salvación que es en Jesucristo el Señor. Proclamamos con nuestra boca la salvación que vivimos en comunión y que se externa al mundo en compasión y comprensión. A esto se le llama Amor, que se tiene y se da, que no se retiene, sino que fluye a toda hora y en cualquier situación. Y precisamente ahora, al ver esas personitas tan lindas que son sorprendidas entregando su ayuda y que a la vez son entrevistadas en los medios de comunicación, trae a la memoria la frase del Señor: "Si estos callan, las piedras hablarán…"


Vaya este corto mensaje como llamado de atención para todos aquellos que son engañados y usados por líderes que solo buscan de forma egoísta sobresalir y ser reconocidos usando el dolor ajeno. Que el cristiano contribuya es normal, pero es ANORMAL cuando lo hace alienado al concepto mediático de "que el pueblo sepa que sí existimos".

miércoles, 20 de enero de 2010

LA EMPOBRECIDA HAITÍ



"Les aseguro que todo lo que hicieron por mis hermanos más humildes, por mí mismo lo hicieron"


Jesucristo


Haití, la mas pobre de las naciones en el Continente y Caribe Americano esta padeciendo la más grande de sus múltiples tragedias con el terremoto que azotó Puerto Príncipe, la capital, en la isla que comparte con la República Dominicana. Aunque los medios de comunicación han estado tratando de informarnos sobre la devastada población, es materialmente indescriptible la realidad no solo de los daños materiales sino del sufrimiento de los seres humanos. Los miles de muertos y damnificados hablan por si solos de la magnitud del desastre. Creo que ni el terremoto de que fue objeto la Capital de la República Mexicana en 1985 es comparable con lo que pasa en la población caribeña.


Humanamente no logramos comprender en su totalidad cómo y por qué un pueblo como este tiene que pasar por una y otra situación de miseria como la que actualmente le acontece. Sabemos que esta clase de fenómenos naturales no escogen sitios para efectuarse; sino que son acontecimientos propios de nuestro planeta en su reacomodo normal. Con todo, me surge una interrogante incontestable: ¿por qué Haití, uno de los países más pobres del mundo? Imposible tener respuesta que satisfaga. Lo que sí creo que tiene contestación es el por qué el desastre telúrico hace más amarga la situación en este lugar. Otra de las preguntas que surgen a mi mente es el por qué Haití es el pueblo más pobre en esta parte de nuestro Continente.



La ciudadanía no es pobre porque ella lo haya querido y buscado; lo es porque la han empobrecido los poderosos tanto extranjeros como nacionales. Recordemos que este pueblo tiene un origen de esclavitud. Los colonos de gobiernos colonialistas, Francia y España, en su momento histórico hicieron de esta gente su presa para saciar sus ambiciones de poder y economía. Los haitianos en su gran mayoría de raza negra fueron traídos hasta aquí no como humanos sino como animales de carga para la explotación agrícola y minera primordialmente. Dado que el poder de exportación es muy reducido, mayormente café y minerales, que son explotados por empresas extranjeras, su economía es sumamente pobre.



Aunque esta nación fue la primera en obtener su independencia, 1º de enero de 1804 en esta parte del continente, su condición de esclavitud cambio solo de nombre porque otros países, como el de los Estados Unidos del Norte siguieron ejerciendo su hegemonía; y posteriormente sus propios gobernantes continuaron con un sistema dictatorial perpetuándose en el poder por largos periodos de tiempo; entre otros, los Duvalier de triste memoria. Por esta razón se puede afirmar que aunque Haití tiene recursos naturales que bien pueden ser suficientes para su sustento naciones y gobernantes la han empobrecido.



Ahora bien, hoy lo más importante y apremiante es acudir en su auxilio con nuestros pequeños o grandes recursos materiales para mitigar en alguna medida su dolor. La población mundial tenemos la oportunidad de compartir con nuestros hermanos haitianos el pan de cada día. Ciertamente hay quienes aprovechan estos desastres para hacer su propio negocio; y esto causa resistencia para ayudar. Pero contamos con instituciones confiables como la Cruz roja y bancos para no cerrar nuestro corazón al sufrimiento de la familia haitiana, la cuál ha padecido periodos de miseria y esclavitud. Es tiempo de mostrar nuestro amor y solidaridad lo más pronto posible porque la necesidad esta ahí clamando por justicia y auxilio.

Pbro. Daniel García Ibarra











jueves, 24 de diciembre de 2009

HUMANIDAD DE DIOS Y EXISTENCIA HUMANA

Leopoldo Cervantes-Ortiz

Pues del cielo a la tierra rendido
Dios viene por mí[1]
Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)


1. Humanidad de Dios y servidumbre

Uno de los énfasis radicales que la profecía mesiánica antigua intuyó muy bien en relación con la figura histórica que encarnaría siglos después en Jesús de Nazaret fue el servicio, pues el perfil de la persona que aparece desde el cap. 42 de Isaías, y que inicialmente se aplicó a todo Israel como pueblo de Dios, es el de alguien dispuesto a servir sin dilaciones a la humanidad entera. Normalmente, los llamados "cánticos del Siervo" (42, 49, 50, 53) son evocados en la Semana Santa para destacar el sufrimiento del mesías en su afán por obtener la salvación, pero a veces se deja un poco de lado el hecho de que los alcances de figura tienen también una estrecha relación con la intención divina de encarnarse en todos los aspectos de la vida humana. Ésa es precisamente una de las aristas clave de la encarnación o humanización de Dios: su esfuerzo denodado por hacerse presente y "saborear", desde la humanidad de Jesús, todo lo humano sin menoscabo de su divinidad que habría de manifestarse en los instantes supremos de la redención. Porque antes de que éstos sucedieran, la figura humana de Jesús no se paseó en el mundo mostrando, como se han empeñado algunos en reproducir la imagen convencional, un aura de santidad alrededor de su cabeza o alguna otra forma de anunciar que el Mesías estaba allí presente. Por el contrario, Jesús mismo se encargaría de resumirlo en una magnífica frase: "Yo estoy entre ustedes como el que sirve" (Lc 22.27b). Es decir, el Dios encarnado en él, era un servidor, un siervo auténticamente humano.

El Siervo de Yahvé, según Isaías 42, sería una persona escogida y sostenida por él; las últimas palabras del v. 1 resonaron algunas veces en el ministerio de Jesús, quien se inspiró abiertamente en estos pasajes para reivindicar su labor: "…él me llena de alegría. He puesto en él mi Espíritu y hará justicia entre las naciones" (TLA). Carlos Mesters hace una magnífica recapitulación sobre la figura del Siervo que brota de estos cánticos:


Mucha gente se pregunta: ¿quién es el Siervo? ¿Es el pueblo? Es Jesucristo? ¿Somos nosotros? Es alguno de los profetas? En quién estaba pensando Isaías Junior cuando escribió los cuatro cánticos? […] al hacer los cánticos, la preocupación mayor de Isaías Junior [era] […]presentar al pueblo del cautiverio un modelo que lo ayudara a descubrir en la figura del Siervo, su misión como Pueblo de Dios. Por tanto, para Isaías Junior, el Siervo de Dios ¡es el pueblo del cautiverio! Más tarde, Jesús se inspiró en los cuatro cánticos del Siervo para realizar su misión aquí en la tierra. Por eso, el Siervo es también Jesús.[2]

Se trata de una persona comprometida sobre todo con la justicia y, en el espíritu del Adviento, de alguien luminoso para la realidad oscura y difícil: "luz de las naciones" (v. 6). Porque sólo la justicia y la solidaridad incondicional pueden iluminar este mundo. Dios accede a la humanidad y el servicio a través de esta figura que encarna primero, su pueblo, y después en la proyección futura, el propio Jesús, quien encuentra en estos cánticos el "guión", el "retrato hablado de su misión.

2. El Verbo encarnado en la existencia humana de Jesús

La teología del Cuarto Evangelio es profunda y alta al mismo tiempo. No en balde el símbolo de Juan es el águila, el que busca las alturas. No obstante, a la hora de centrarse en la persona de Jesús, en su humanidad, sus palabras son consecuentes con una fe anclada hondamente en la experiencia y la creencia unidas de que la humanidad de Dios se manifestó fehacientemente en la persona de Jesús de Nazaret, en sus olores, en sus sensaciones, en su corporalidad entera, y al mismo tiempo en el hecho de que esa misma carnalidad sería proyectada por la obra de Dios a las alturas de la Palabra, del Logos que estaba con Dios desde la eternidad hasta la eternidad. El periodo intermedio entres esas fases de la eternidad fue, precisamente, la existencia histórica de Jesús, justamente la que dicen los eruditos es irrecuperable más que para los ojos de la fe. El autor del Cuarto Evangelio (ni nadie) podía ser testigo de los sucesos remotos de sus famosas primeras palabras ("En el prinicipio…", pero sí que lo fue, algunas frases después, para desemobocar en el también famoso v. 14: "Aquel que es la Palabra/ habitó entre nosotros/ y fue como uno de nosotros./ Vimos el poder que le pertenece/ como Hijo único de Dios,/ pues nos ha mostrado/ todo el amor y toda la verdad" (TLA).

La teología más alta no excluye un grado de abajamiento que sigue en todo la dinámica misma de Dios de hacerse humano a toda cosa, casi de una manera obsesiva, para penetrar en el misterio humano, en correspondencia con aquellas tendencias místicas que buscan "un matrimonio entre el cielo y la tierra". Dios en la carne de Jesús probó la pequeñez para agrandar a la humanidad y se rebajó tanto que la humanidad no fue solamente un estado de prueba o un "purgatorio" sino que el sabor de lo humano se integró completamente a la divinidad del Hijo de Dios, y así subiría al cielo, de regreso, "vestido" de humanidad para "reintegrarse" a la Trinidad eterna, pero ahora con una esencia acompañada de verdadera y efectiva humanidad. Como explica González de Cardedal, en palabras casi místicas, tributarias de la mejor teología de todos los tiempos, pues sin el trabajo de K. Barth, el reformado, difícilmente alguien podría escribir así, sin ser cuestionado o perseguido por su atrevimiento:

La humanidad de Jesús es tan real y decisiva como su divinidad […] Jesús es el fruto eterno del Padre, de sus amorosas entrañas; y es el fruto temporal de María, de sus amorosas entrañas en el consentimiento, en la gestación, en la compañía durante su ministerio y en la renuncia a estar en el centro para que él lo fuera todo […] Jesús se parece a Dios y se parece a María. El Padre es el origen de su existencia personal eterna y María, por la acción del Espíritu Santo, que suscita el cuerpo del engendrado, a la vez que prepara el alma y alumbra la conciencia de la engendradora, es el origen de su existencia personal temporal. El cristianismo sólo tiene fundamento y sólo merece la pena ser cristiano si Cristo es el Verbo encarnado y en él tenemos dicha la Verdad y dada la Realidad de Dios.[3]

Ciertamente no existe un "relato navideño" como tal en este evangelio… pero ni falta que hace, pues aunque ni él ni Marcos quisieron "rebajarse" para contar los entretelones del nacimiento de Jesús, no por ello dejan de plantear las enormes dimensiones del evento máximo de actuación de Dios en la historia, cuando Él asume, con todos los costos, la humanidad verdadera y solidaria para desde aquí, desde abajo, completar su labor redentora, no ya desde el poder sobrehumano y trascendente sino de la manera más complicada: desde la vulnerabilidad y la indefensión totales. Ninguna forma de eternidad podía "defender" a Dios en Jesús de experimentar la transitoriedad de lo humano, ¡pero Él tampoco quiso que fuera así!

Y tuvo que ser otro poeta, Jorge Luis Borges, de estirpe protestante, quien retomaría esta visión plenamente humana del Hijo de Dios en su proceso encarnacional y humanizante. Dos veces eligió Juan 1.14 como centro de su atención y en ambas ocasiones el poema se llama así, como la cita del evangelio. Éste es el poema más breve:


Refieren las historias orientales
La de aquel rey del tiempo, que sujeto
A tedio y esplendor, sale en secreto
Y solo, a recorrer los arrabales
Y a perderse en la turba de las gentes
De rudas manos y de oscuros nombres;
Hoy, como aquel Emir de los Creyentes,
Harún, Dios quiere andar entre los hombres
Y nace de una madre, como nacen
Los linajes que en polvo se deshacen,
Y le será entregado el orbe entero,
Aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,
Pero después la sangre del martirio,
El escarnio, los clavos y el madero
.[4]

Dios quiso, en Jesús, "beber" la humanidad hasta las heces, hasta lo último, desde la alegría suprema hasta el dolor más profundo, con la honestidad que sólo Él podía enseñarnos, una vez más comprometido completamente con la humanidad entera. Por todo ello: "Jesús puede ser llamado con toda razón microcosmos y mediador. La primera palabra se ha utilizado para designar al hombre que contiene en sí de alguna manera todo el resto del mundo, que él es el mundo en pequeño. Con toda verdad esta fórmula sólo se puede aplicar a Jesús en cuya realidad personal convergen reconciliados Dios y el mundo, la humanidad y la divinidad, lo máximo y lo mínimo, la santidad y el pecado".[5]

[1] Sor Juana Inés de la Cruz, "Al nacimiento de nuestro Señor", en Alfonso Méndez Plancarte, est., sel. y notas, Poetas novohispanos. Segundo siglo (1621-1721). Parte segunda. 3ª ed. México, UNAM, 1994 (Biblioteca del estudiante universitario), p. 76.

[2] C. Mesters, La misión del pueblo que sufre. Los cánticos del siervo de Dios en el profeta Isaías, en www.mercaba.org/Mesters/los_canticos_del_siervo_de_dios_.htm.

[3] O. González de Cardedal, La entraña del cristianismo. Salamanca, Secretariado Trinitario, 1997, pp. 87-89.

[4] J.L. Borges, "Juan I, 14", en El otro, el mismo (1964), www.sololiteratura.com/bor/borelotroelmismo.htm.

[5] O. González de Cardedal, op. cit., p.87.