martes, 11 de diciembre de 2012

SAN NICOLÁS DE MIRA (1)


Ed Thompson
 
Era nochebuena, y en toda la casa
Ni un ojo abría, pues todo dormía,
Al calor de la estufa, las medias colgaban
Esperando un solaz, la llegada de San Nicolás.
    

 
Así comienza uno de lo poemas navideños más conocidos. Por supuesto, aunque menciona una casa silenciosa y quieta, para muchos, como yo, es la noche más agitada del año, y lo digo porque —en la que pasó— experimenté las seis horas más frustrantes de mí tratando de armar una pequeña casa de muñecas de tres pisos. Una abuela amorosa e ingenua de mi vida tratando de armar una pequeña casa de muñecas de tres pisos. Una abuela amorosa e ingenua, la compró para regalársela a mi hija, y me hizo armarla esa nochebuena, después de acostar a los niños, para sorprenderla al amanecer la Navidad. Sin conocer las seis horas de agobiante labor, mi hija jugó con la casa durante un total de tres minutos antes de descubrir que el lazo que la mantenía en pie era mucho más divertido, por lo que lo haló. Ya se imaginarán lo que ocurrió. Desde entonces le dije a la abuela que todos los regalos en el futuro deben venir armados.

Respecto al poema inicial, se escribió en menos de una hora en una nochebuena, hace 175 años, en una linda ciudad costera del Mediterráneo llamada Mira (hoy Turquía), en el Asia Menor del Imperio Romano. ¡Allí, en el siglo IV, a una familia adinerada le nació un varón que llamó Nicolás! Nicolás de Mira, bajo la fiel crianza de sus padres, llegó a ser un cristiano muy consagrado. Su vida impactó de tal manera que inspiró la leyenda de Santa Claus, debido a que obsequiaba regalos desinteresadamente. Pero más importante aun es el hecho de que San Nicolás era un siervo de Jesucristo, un pastor consagrado. El primero en llevar el evangelio a Mira fue el mismo apóstol Pablo en uno de sus viajes misioneros. Los bisabuelos de Nicolás se encontraban entre los convertidos por el mensaje de Pablo. Ellos construyeron la Iglesia de San Pablo como un monumento viviente para que generaciones futuras pudieran adorar al Señor y predicaran la redención a través de Cristo.

La fe de los bisabuelos de Nicolás pasó de generación a generación, por lo que nació en un hogar con una fe cristiana sólida. Cuando Nicolás era adolescente, el padre de él murió mientras oraba en la iglesia durante un culto de adoración. Su madre sobrevivió solo dos días más. Eso hizo que Nicolás pasara de niño a hombre vertiginosamente. Como sus padres fueron terratenientes ricos, heredó las propiedades de su familia. Así que con solo diecisiete años se encargó de administrar esos bienes. Sin embargo, buscaba la dirección divina, orando en la iglesia siempre que podía. Las palabras de Cristo al joven rico penetraron su corazón: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme». 2   

Mientras luchaba pidiendo la dirección de Dios, supo de un noble que perdió todo y no podía pagar la dote de su hija. (En esos días los padres tenían que proveer una dote suficiente, de lo contrario sus hijas no podrían casarse). Una de las hijas del hombre decidió venderse como esclava para poder conseguir la dote de su hermana. Cuando Nicolás se enteró de su situación, secretamente ubicó el hogar y, a media noche, lanzó por la ventana una bolsa llena de oro. Poco después lanzó otra para que la segunda hija pudiera casarse. Cuando llegó la fecha del casamiento de la tercera hija, el noble estaba tan decidido a descubrir quién era su benefactor secreto, que ató una campana a una cuerda que puso alrededor de su casa. Por supuesto, cuando Nicolás se acercó al hogar con su tercera bolsa llena de oro, la alarma sonó y fue descubierto. Sorprendido, Nicolás le hizo prometer al noble que no lo diría a nadie. Pero el secreto duró muy poco. Rápidamente se difundió la noticia de que Nicolás era el responsable de aquello, al igual que de muchos otros actos benéficos que había realizado en secreto durante muchos años. 

Al cumplir con esos gestos de generosidad, Nicolás se convirtió en agente secreto de Cristo. A veces se disfrazaba para poder caminar por las calles y evaluar personalmente las necesidades de la gente. Luego regresaba a escondidas, de noche, y lanzaba comida, ropa, o dinero —según la necesidad—, por las ventanas. Algunos decían que lanzaba sus regalos por las chimeneas para despistar a los que quisieran saber quién era el responsable de aquello. De allí surgió la leyenda de que San Nicolás reparte sus regalos bajando por las chimeneas. Mientras caminaba por las calles de Mira, imaginen la mezcla de tristeza y alegría que sentía al ver a alguien sufriendo. Tristeza debido a la gran necesidad de la gente, y alegría puesto que sabía que Dios lo usaría para ayudar de manera significativa.

¿Quién creen que recibió la mayor bendición?

Los que recibían los regalos no tenían idea de su procedencia. A su parecer, el Señor era quien contestaba las oraciones de ellos para satisfacer sus necesidades. Y en verdad así lo hizo —por medio de este generoso siervo. La alegría que Nicolás experimentaba marcó claramente la senda de su vida. Se dedicó, con todo lo que poseía, a servir a Cristo ayudando a los necesitados. A fin de prepararse para el ministerio, emprendió un peregrinaje a Tierra Santa. Viajó por espacio de tres años a través de Palestina aprendiendo, predicando y ministrando a los necesitados. Poco después de regresar Nicolás a Mira, el muy querido y respetado pastor de la ciudad murió. Conseguir un sucesor sería una tarea difícil. Según informes, al presidente del consejo de la iglesia se le encomendó en sueños que nombrara a Nicolás como nuevo pastor de Mira. A pesar de que este método para escoger pastores no lo recomiendan muchos comités de elección, en este caso resultó efectivo.

Nicolás contaba con unos veinte años de edad cuando lo nombraron pastor de Mira. La fecha fue aproximadamente el año 300 d.C. Enseguida se le conoció como un fuerte defensor de la fe. Cuando Dioclesio, el malvado emperador romano, proclamó el edicto de encarcelar o matar a todos los cristianos, Nicolás reunió a su congregación en la iglesia. Hermanos», comenzó, «ha llegado el día de nuestra mayor gloria o nuestra vergüenza más negra. Por la gracia de Dios, hemos de descubrir ahora lo que en nosotros es tamo y lo que es buen trigo». Sabiendo que la persecución estaba por comenzar, exhortó a los cristianos a estar firmes por Cristo, y dispuestos hasta a morir por Él. Según la tradición, a Nicolás lo arrastraron fuera de su iglesia, lo golpearon públicamente, lo torturaron y lo encarcelaron. Los cristianos escaparon y muchas iglesias a través de la provincia fueron quemadas.

No fue sino hasta que Constantino el Grande conquistó el imperio occidental y declaró el final de la persecución de los cristianos que a Nicolás se le dejó en libertad. Tendría más o menos cuarenta y cinco años cuando regresó a Mira, pero la severidad de la persecución le dio la apariencia de un hombre de sesenta y cinco. Nicolás volvió a ministrar a su rebaño, cuyo número había sido bastante reducido. Los creyentes tenían muchas necesidades y Nicolás estuvo al cuidado de ellos. Él sabía la importancia de una fe que se muestra por sus obras. Sentía que era su responsabilidad satisfacer las necesidades de su prójimo. Comenzó también a enseñar acerca del gozo que produce ayudar a otros en secreto. 3 Muy pronto, otros siguieron sus pasos sin esperar recompensa o reconocimiento.

Después de su muerte, muchos de los ciudadanos de Mira continuaron calladamente con la tradición establecida por el pastor Nicolás. Cuando la gente preguntaba de dónde venían los inesperados regalos, se les decía: « ¡Debe haber sido San Nicolás! » Mientras más aumentaba la práctica de dar en secreto, más crecía la leyenda de Nicolás. Gente de todo el mundo llegaba al puerto de Mira. Muy pronto, marineros italianos llevaron la historia y la costumbre a su tierra natal y el dar en secreto comenzó a popularizarse por todo el mundo occidental y San Nicolás seguía llevándose el mérito. Cuando la costumbre llegó a Alemania, el nombre de este santo fue traducido como San Niklaus. De Alemania, se llevó a Holanda. En holandés, su nombre llegó a ser Sinter Klaus. Los holandeses trajeron la tradición al Nuevo Mundo en los años 1600. En América, Sinter Klaus fue cambiado a Santa Claus. La fama e inspiración de San Nicolás continuaban en aumento.

Una fría nochebuena, en 1822, Clement C. Moore, distinguido profesor del Seminario Teológico General de Nueva York, terminaba sus compras navideñas. Su esposa había preparado unas cestas de comida para algunas familias pobres, y le faltó un pavo. Al salir de prisa a buscarlo, el doctor Moore se encontró con su conserje, Jan Duychinck. Jan era bajo de estatura, gordo, tenía una nariz grande y roja, unos labios bien delineados, dos hoyuelos perfectamente colocados en sus mejillas y una gran barba blanca. El doctor Moore y su conserje holandés conversaron bajo la nieve acerca de la Navidad y en cuanto a proveer comida a los pobres. Fue en esa víspera de Navidad que Jan le relató la fascinante historia de San Nicolás a su patrón. «Cada Navidad», comentó el conserje, «los holandeses sacaban a alguien, vestido de San Nicolás, a pasear en un trineo». Explicó cómo los niños llenan las calles esperando ansiosos la llegada de esa persona especial vestida de rojo y blanco: era como un santo entregando regalos.

Al doctor Moore le inspiró tanto la historia, que corrió a su casa a escribir un poema. Al describir a San Nicolás en sus versos, hizo un bosquejo de su conserje holandés.

Sus ojos brillantes,
su rostro ¡qué alegre!
Su tez como rosa,
su nariz cereza.
Su boca sonriente, cual
regalo tiene,
Su barba tan blanca,
¡tan blanca cual nieve!
Sonrisa en su rostro,
él siempre mantiene.
La alegría circunda,
su faz cual guirnalda.
Su cara muy ancha,
su panza redonda
ondea y se mueve,
cuando ríe y goza.
    

 
En 1860, Thomas Nast pintó un cuadro de Santa Claus para un periódico de Nueva York, basado en el poema del doctor Moore. En 1931, la compañía Coca-Cola actualizó la imagen y comenzó a usar a Santa Claus en una campaña publicitaria. El mundo comercial de hoy le ha dado a Santa Claus una personalidad propia. En efecto, se ha convertido en uno de los personajes más reconocidos en todo el mundo. Sin embargo, es interesante ver que el espíritu que inspira a dar a otros desinteresadamente, que enseñó el verdadero San Nicolás, aún vive. ¿Ha observado que, en general, el mundo es más amable, más paciente, y más generoso durante la Navidad? En esta temporada, las personas sonríen más, se abrazan más, se ríen más. Las estadísticas comprueban que aun la incidencia del crimen disminuye significativamente durante la temporada navideña.

Los cristianos discrepan mucho respecto al asunto de Santa Claus, ya que la NAVIDAD, en verdad, SE TRATA DE JESÚS y no de San Nicolás, y están en lo cierto. Dios mismo estableció el símbolo del dar en la Navidad. Él mismo nos dio, aun sin merecerlo, el mejor regalo de todos los tiempos. Y el regalo de Jesús fue la razón por la cual San Nicolás dedicó su vida y sus posesiones en beneficio de los necesitados. Él daba en secreto y desinteresadamente, porque lo hacía en el Nombre de Jesús, y no en el de Nicolás. Aunque el mundo trate de sacar a Jesús del camino durante la Navidad, el espíritu de generosidad vive callado y gozosamente en aquellos que ponen de lado el orgullo y el egoísmo para dar como Dios dio.
Y repentinamente estaba
con el ángel una
multitud de las huestes
celestiales que alababan
a Dios diciendo:
Gloria a Dios en las
alturas,
Y en la tierra paz,
buena voluntad para
con los hombres.

 

 
Guía Pastoral Logoi
www.logoi.org


Notas:
  1. Artículo editado en base a The Life and Legends of Saint Nicolas, Eric Grozier, Duckworth & Co.
  2. Mateo 19:21
  3. Mateo 6:1-4

miércoles, 5 de diciembre de 2012

UN MENSAJE DE LA BENDITA MARÍA

"Bendita tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre". Lucas 1:42

¡Hola! Yo fui la madre de Cristo. Me alegra que pueda hablarles desde ultratumba. Hay ciertas cosas que es necesario decirlas, y bien claras. Soy bendita y bendito también es el fruto de mi vientre. Esto hay que recalcarlo. Es agradable, francamente, ver los excesos de los hombres con respecto a ciertas cosas. El caso mío, por ejemplo. No puedo darles nuevas revelaciones, por supuesto. Dios ha revelado ya todo lo necesario en ese famoso libro llamado La Biblia. Es esa palabra de Dios que puede hacerlos a ustedes sabios para la salvación. No es necesario que interrumpa yo ahora las normas divinas y les traiga nuevas verdades. La Biblia contiene suficientes.
 

Poco puedo decirles de mi origen, niñez y juventud. Como toda mujer hebrea, mi más grande aspiración era tener hijos; hijos varones especialmente. Dios había prometido a lo largo de los siglos un Mesías que salvaría a su pueblo. Había cosas inciertas en esa profecía, pero la verdad es que toda mujer honesta tenía la esperanza de ser ella la madre de ese héroe nacional y universal. Cuando me desposé ocurrieron cosas muy, pero muy extrañas. Un ángel del cielo vino un día súbitamente, y me dijo que no tuviese miedo, que tendría un hijo y que su nombre sería Jesús. Ustedes pueden imaginarse mi total confusión porque, físicamente, no había tal posibilidad todavía. Me explicó que sería algo sobrenatural, milagroso; que el Espíritu Santo vendría, y que por eso, el Santo ser que nacería sería llamado el Hijo de Dios. No puedo explicar la ansiedad que estas cosas produjeron en mi propio corazón y en la mente de muchos otros. Mi esposo me quiso dejar secretamente, escandalizado al ver lo que pasaba. Fue Dios mismo quien lo detuvo de seguir ese curso, de otra manera tan normal. Mucho me alegro de esto porque José fue siempre buen hombre y esposo para mí.
 

Pero todos estos detalles están escritos en la Biblia. Quiero hablarles de algunas de las cosas que se han hecho con esta historia. Me da pena o me avergüenza; no sé cuál de las dos me afecta más. Andan muchos por ese mundo que se horrorizan cuando oyen la historia del nacimiento de Jesús. Se sonríen con aire de superioridad intelectual. Dicen que esto hace bonitos cuentos para los niños cuando uno los pone a dormir. No puede aceptarse científicamente. ¿Quién ha oído jamás semejante cosa? ¡Que alguien nazca de una virgen, sin intervención de hombre alguno! Esta gente se ríe de tales cosas porque las consideran no solamente pueriles, sino absolutamente contrarias a todas las inquebrantables leyes naturales del universo. Debo admitir que los hombres han aprendido muchas cosas en los últimos siglos y descubierto muchos secretos del universo. Pero, ¡qué triste resulta ver que tanta inteligencia no les permita ver las realidades del mundo espiritual!
 

Francamente yo, María, no alcanzo a comprender esta actitud tan limitada. ¿Será que no conocen a Dios y que han visto muy poco de las obras de Dios? ¡Decir que el nacimiento de Jesucristo no es posible! Ustedes pueden comprender cuán errado es eso y cuán contrario a lo que claramente dice el Libro de Dios. Admito que no es según leyes matemáticas de la ciencia humana, pero es claramente según las leyes infinitamente superiores de la ciencia divina. Créanme que Yo soy María, la que concibió siendo virgen. Pero hay más que me inquieta, ahora que tengo esta oportunidad de hablarles. Me pregunto, ¿Por qué será que tantas veces han abusado de mi nombre y de la distinción que me cupo como madre del Señor Jesús? Alguien dijo de mí por ejemplo, que "la Santa Escritura fue escrita para María, sobre ella y a causa de ella". Esto me estremece un poco, hablándoles con franqueza. Se ven estatuas y figuras de mi supuesta persona en muchos de los pueblos y ciudades. En cierto sentido me alaga esto porque también yo soy ser humano. Pero ahora estoy en el cielo donde las imperfecciones de lo humano desaparecen completamente. Desde esta altura muchas de estas cosas duelen. ¿Saben por qué? PORQUE DESPLAZAN A MI HIJO, AL ÚNICO EN QUIEN PUEDEN EL HOMBRE Y LA MUJER SER SALVOS. Es lo triste del caso.
 

Bendita soy yo entre las mujeres, bien bendita. No creo que sea posible para nadie estimar cuán fantástica bendición fue ser designada como la madre de Jesucristo mi Salvador. No puede haber bendición más grande en toda la historia y en toda la tierra. De los millones y millones de mujeres, dignas exponentes de la creación divina, magníficas mujeres, piadosas y rectas delante de Dios, fui yo seleccionada para esa gloria incomparable. ¡Eso sí que es ser bendita entre las mujeres! Mi corazón se dobla de gratitud cuando pienso en tal favor y gracia de Dios. Bendita soy por los siglos de los siglos, pero más bendito es aun el fruto de mi vientre porque Él es el Mesías prometido, Él es el Hijo de Dios, Él es el Salvador de su pueblo. No sé si ustedes sabían esto, pero también yo necesito de esa salvación. Cuando supe del gran milagro que estaba tomando lugar en mi, recuerdo que compuse un pequeño poema. En esas líneas decía yo: "Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador". Lo creo firmemente; también yo necesito la salvación que solo Dios puede dar. Y Él me la dio, por medio de Jesucristo. ES EL QUIEN ES TODO Y EN TODO. La Biblia habla mucho de estas cosas y es por eso que a veces me preocupo por lo que hacen los hombres por estas verdades.
 

Jesús mismo, mi hijo, dijo una vez a las multitudes que Él era el camino, la verdad y la vida, y que nadie viene al Padre sino solamente por Él. No se confundan, esa frase de "a Cristo por María", es una invención de los religiosos que viven de la ignorancia y superstición de los pueblos. Cristo, mi hijo es el único camino al cielo, no hay otro mediador más que Él. Hay un pasaje en la Biblia que expresa bellamente estos sentimientos. No habla de mí, la madre de Jesús, sino de mi hijo y lo que hizo, hace y hará, y eso sinceramente, es lo importante. Dice así:
 

"Cristo Jesús, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre".

Eso lo expresa brillantemente, en mi opinión. Revela la denigrante humillación que fue para mi hijo el nacer de una mujer; muestra el terrible delirio de someterse a las angustias de la cruz y de la muerte; pero manifiesta también el puesto elevadísimo que Dios le ha dado en el universo. Fue un fidelísimo siervo de Dios quien dijo una vez, cuando habló de Jesús: "Es necesario que Él crezca, pero que yo mengue". Recuerdo un exasperante incidente en la vida mía y la de Cristo. Recién empezaba Él a manifestarse en público, fuimos todos a una fiesta de bodas. Era una ocasión feliz y había muchos invitados. Reinaba una alegría general pero, si por descuido o por excesivo número de invitados no lo sé, empezó a faltar el vino para la fiesta. En una tierra de hospitalidad reconocida, no podría ocurrir cosa más desastrosa que esa. ¡Qué desesperación y angustia de parte de los anfitriones! ¿Qué hacer? Poco se podía hacer. Fui a conversar con mi hijo y le expuse el problema. Fue un tanto presuntuoso de mi parte posiblemente, y muy pronto Él me lo hizo saber. Pero recuerdo claramente lo que dije a los encargados de servir en la fiesta. Es lo mismo que digo ahora: "HACED TODO LO QUE OS DIJERE".
 

Tal vez mucha gente no conoce a Jesucristo todavía como su Salvador. Aunque me conozcan a mí y me veneren, y me recuerden, y equivocadamente me oren y me pidan cosas. El mismo Jesucristo dice que debemos pedir, pero en Su Nombre. Quiero recordarles que quien me coloca primero que a Jesús está perdido y confundido. "NO HAY OTRO NOMBRE DADO A LOS HOMBRES EN QUE PODAMOS SER SALVOS". Yo no soy ninguna mediadora, ni me he aparecido en algún lugar, ni he pedido templo alguno. Soy María, sí, la humilde sierva del Señor. Gracias por escucharme. He dicho lo que quería decir.

 

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La Hora de la Reforma-Reforma viva
 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

EL HOMOSEXUALISMO


Cierto consejero recibió una carta, la cual era desgarradora. Desgarradora porque descubre agonías del espíritu y del alma, desastres sociales, psicológicos y fisiológicos. Quería que se le diera adecuado consejo. Soltero de mediana edad, se encontró un día con otro caballero que, aunque casado con una mujer era también víctima del homosexualismo que es la práctica anti natural del sexo con otro ser humano del mismo sexo. Nuestro amigo fue presentado a un grupo de homosexuales y allí empezó la odisea de su vida. Se enamoró de un muchacho de veinte años, según dice la carta. Este joven parece que apreciaba los cariños que le dispensaba un hombre más de quince años mayor que él. El joven decía que le daba satisfacciones sexuales porque no quería que su buen nombre se echase a perder si se metía a hacer estas cosas con otras personas. Un buen día, el joven lo abandonó para darse completamente al alcoholismo. Dice la carta que por tres años consultó con un psiquiatra pero que esto de nada le sirvió. Otro buen día, alguien le dijo que los demás miembros de su grupo sabían que era homosexual. Esto destruyó su personalidad y le ha dado un complejo tremendo con sus amigos y hasta familiares. Ahora, dice la carta, ¡¿QUÉ DEBO HACER?!

 
Parece como que la homosexualidad hoy en día es ya aceptada en algunos círculos. Se dice que es aceptada aun en círculos que se dicen ser cristianos. Puede ser, puede ser. Una cosa es cierta –generalmente esta práctica no es aceptada ni permitida en muchísimas sociedades que nada tienen que ver con la bíblica. Confesaba un estudiante de teología- candidato al santo ministerio de la Palabra de Dios: "Soy homosexual cristiano. Soy tan cristiano como el apóstol Pablo y tan homosexual como el que al fin a dado a publicidad su preferencia sexual. Puedo hacer esta aseveración porque ambas cosas están basadas en demostraciones científicas". Un articulista afirmó que "la comunidad cristiana debería admitir la homosexualidad como alternativa a la heterosexualidad, por lo menos como única forma de expresión erótica para un considerable número de creyentes piadosos". Hasta hay iglesias, en algunos países donde se congregan los homosexuales. ¿QUÉ SE LE PUEDE DECIR AL QUE ESCRIBIÓ LA CARTA DESGARRADORA?

 
En primer lugar, debe brotar del corazón cristiano una ola de compasión y simpatía. ¡Qué triste es ver la degeneración que ha ocurrido en este mundo creado tan bello por nuestro Dios! Hay tantas cosas torcidas y distorsionadas y cacofónicas en este mundo que es difícil impedir una lágrima o dos. Estos seres que han caído en esa red de tentaciones deben ser objeto de todo el amor y toda la comprensión de que el ser humano redimido es capaz. Nada se podrá hacer sin compasión. Pero la compasión y el cariño y el interés en el prójimo no deben alejarnos de la justicia y la verdad. Siempre con amor, pero no se debe mentir. Quien ha caído en estas prácticas, no debe engañarse a sí mismo, ni tampoco deben engañarlo los que deseen ayudarlo. Tales personas están en medio de un gran pecado. Sean cuales fueren las razones por estar donde están, esas razones no excusan su mal. Sientan lo que sientan, lo cierto es que han caído en una muy sutil, casi invisible, pero fortísima red. Hay que ser categórico en esto para no sembrar aun mayor confusión. A la larga es la única forma de librarse de este monstruo humano y llegar a la genuina libertad de los hijos de Dios.

 
Los creyentes tenemos algo que nos guía en nuestras opiniones y prácticas. No se trata, para el creyente cristiano, de lo que crea o sienta o quiera. Ni siquiera se tarta de lo que la sociedad permita o demande o tolere. Es a la Palabra de dios, el Padre celestial a quien se debe dirigir para buscarle solución a los problemas que surgen en la vida del creyente. Puede ser que haya movimientos que se muestren indiferentes a estas cosas, pero la cuestión es pura y simplemente: ¿qué es lo que Dios dice en Su Palabra? Sabemos que la Biblia enseña por ejemplo y por precepto. Hay casos y cosas en la Biblia que han sido incluidas para nuestra instrucción y hay también mandamientos y expresiones claras, terminantes y categóricas. De estas dos fuentes se pueden extraer los principios morales que deben regir la conducta- la sexual inclusive.

 
Ya muy temprano en la historia se dio un caso de homosexualidad. Fue la experiencia que tuvo Lot con los habitantes de Sodoma. Estos ciudadanos habían sufrido tal degeneración que Dios había determinado su total destrucción. Cuando Dios envió mensajeros a hacer el anuncio a su amigo Lot, la gente de la ciudad quiso apoderarse de estos varones visitantes y abusar de ellos sexualmente. Tan empecinados estaban en ese deseo que hasta rechazaron las hijas del anfitrión. Aquella "sodomía" se hubiera cometido si no fuera que los ángeles de Dios sacaron a Lot de su espinosa dificultad. Es obvio que el relato ha sido incluido en la Palabra de Dios para demostrar la bajeza de los niveles a que habían llegado los sodomitas, pero también como enseñanza para la posteridad. También habla de eso el apóstol Pablo en el primer capítulo de la carta a los Romanos. Son horribles versículos donde el apóstol analiza y describe la situación existencialista del mundo que ha caído en el pecado y ha sido abandonado por Dios. El resultado del pecado es pecado cada vez mayor hasta desenlazar todo en el peor pecado de todos: el homosexualismo.

 
Hay quienes tratan de explicar estos pasajes bíblicos con toda clase de malabarismos sociales e históricos. Dicen que esa gente de Sodoma había sido influenciada por pueblos vecinos que eran paganos. Dicen que el apóstol Pablo escribió en términos de la realidad de una Roma decadente de su tiempo. Esto es, por supuesto, una manera conveniente de evitar el impacto que debe tener la Palabra de Dios en la vida humana. No es así como se debe interpretar la escritura porque, en ese caso, se pierde la totalidad del potente mensaje de Dios; quien así interpreta un pasaje bíblico tiene también que interpretar lo demás del mismo modo. Pero aun en el supuesto de que así se interprete, hay indicación clarísima, inequívoca de los deseos de Dios mismo con respecto al homosexualismo. Esta es la orden directa de Dios dada a su pueblo- expresa la voluntad personal de Dios; no es opinión de humano o consenso de comunidad o sabiduría de un experto, sino la orden específica de Dios: "NO TE ECHARÁS CON VARÓN COMO CON MUJER. ES ABOMINACIÓN" (Levítico 18:22). Indudablemente, esto se refiere al acto sexual como el resto del capítulo obviamente lo demuestra. Allí tenemos el cuadro: si se ha de escuchar la voz de Dios, el homosexualismo está terminantemente prohibido. Es abominación, odioso, disgustoso, desaprobado. No hay dudas posibles, como puede haberlas sobre otras cuestiones de moral.

 
¿Qué hacer? ¿Qué pueden hacer quienes han caído en esta moderna tentación? Es posible que un psiquiatra poco pueda hacer para ayudar a estas víctimas –también él es, al fin y al cabo, humano. No debe descartarse esta fuente, sin embargo, porque el ser humano es extremadamente complejo y es afectado en medida creciente por toda clase de fuerzas poderosas y aplastantes. Estos profesionales pueden muchas veces enderezar lo torcido. Pero el Señor Jesús sí puede ayudar. El homosexual debe entregarse a Él, en serio, sin reservas. Hacerlo huésped de su corazón, abrirle su biblioteca para que pueda Él leer lo que lee, compartir con Jesucristo en su sala para que Él pueda sentir lo que siente. Permitir que Cristo se siente en su comedor para participar de los alimentos que consume. Hacerlo el compañero en todos los departamentos de su corazón. Obedecer ciega e incondicionalmente los tiernos consejos de este amante Jesús. Vivir con la constante consciencia de que Él está, está donde está. Cristo puede comprender, aceptar y simpatizar con quien disfrute de las maravillas del sexo según sus órdenes maravillosas. No tiene por que temer la mirada del bondadoso Jesucristo en tales casos. Por otra parte, ¿qué pensará su Señor (el que murió para redimirlo y perdonarlo), qué pensará, al verlo con un muchacho de veinte años u otra persona de su mismo sexo? ¿Se cubrirá Jesús el rostro con una sonrisa de satisfacción al ver a su amigo y hermano en esa posición?

 
El homosexualismo, en resumen, se burla de las leyes que los hombres han querido establecer. También viola abiertamente los dictados de la misma naturaleza. Y Dios severamente lo condena y rechaza. Sí, la comunidad creyente debe demostrar honda compasión, debe tratar de simpatizar con estos seres que han caído en ese difícil pecado; debe proveer un marco saludable para que los tales puedan recuperarse. Pero, como todos los pecados cometidos contra el Dios Soberano, las cosas empiezan con el pecador mismo. Debe arrepentirse de haber caído en pecado –y el pecado es pecado, no hay que olvidarse. Debe arrepentirse de su pecado. Y luego debe confesar su pecado –no a meros hombres por más expertos o místicos que parezcan, sino a Dios, porque es contra Él que se peca primero. Y luego pedirle al Supremo Redentor de las almas que le lave el espíritu y le renueve su corazón y transforme su vida. Esto le decía Pablo a los creyentes de Corinto: "Ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados en el nombre del Señor Jesús".

 

 
Levítico 18:22

 

"No te echarás con varón como con mujer; es abominación". –Reina Valera 1960.

"No te acostarás con un hombre como quien se acuesta con una mujer. Eso es una abominación". -Biblia al Día.

 

"No te acostarás con un hombre como se hace con una mujer: esto es una cosa abominable". –Biblia Latinoamericana 1995.

 
"No te acuestes con un hombre como si te acostaras con una mujer. Ese es un acto infame". –Biblia Dios Habla Hoy.

 
"No te acostarás con varón como los que se acuestan con mujer; es una abominación". –La Biblia de Las Américas.

 

 
La hora de la Reforma –Reforma Viva

 

 

 

 

 

jueves, 18 de octubre de 2012

EL TESTIMONIO DEL CREYENTE

"…santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo aquel que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros." (1 Pedro 3:15)

La iglesia primitiva era una iglesia que daba testimonio. Siguiendo el mandato de Jesucristo, que dijo: "Me seréis testigos", los cristianos de los primeros siglos llevaron el Evangelio a todos los confines del mundo antiguo. Hoy día necesitamos testificar, pero para ello hay que aprender del apóstol Pedro cómo hacerlo. Hay dos extremos que debemos evitar. El uno es asustar y ofender a quienes hablamos por primera vez del Evangelio. El otro extremo es no hacer esfuerzo alguno para testificar. Hay personas que pueden pasar toda la vida sin hablar a alguien de Cristo. Para aprender, como creyentes, la forma en que debemos testificar es necesario examinar las Escrituras. La carta del apóstol Pedro es muy instructiva en cuanto a este asunto. Hay, según el apóstol, dos maneras de testificar para Cristo.

La primera es el testimonio de la vida y carácter cristianos. El apóstol habla de los deberes de los siervos para con sus amos, de las esposas para con sus maridos, y viceversa, y de los creyentes frente a las críticas injustas de sus vecinos. En el segundo y tercer capítulos de su primera carta, los criados han de obedecer a sus amos, las mujeres a sus maridos, y estos deben tratar a sus esposas sabiamente para que el hogar no se divida espiritual y materialmente. Aun aquellos que son injuriados y maldecidos deben devolver bendición por maldición. Finalmente, el apóstol exclama: "Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones", y este es el secreto del verdadero testimonio. Examinemos más de cerca este testimonio de conducta.

Notemos que a veces es la única clase de testimonio que podemos dar. La esposa cuyo marido se burla constantemente del Evangelio solo logrará irritarlo si le repite una y otra vez las mismas exhortaciones. Sin embargo, si cuida amorosamente a los hijos y al hogar y es esposa amante y fiel en todo, la paciencia, bondad y amor de Cristo que desbordan su corazón, serán un testimonio mucho más evidente para aquel esposo que centenares de palabras. En muchos casos acabarán trayéndolos a los pies de Cristo Jesús.

El testimonio de la conducta y carácter es también muy efectivo. El apóstol dice: "Manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación" (1 Pedro 2:12). Es frecuente oír que el testimonio y conducta de un cristiano ha llevado a su vecino al conocimiento del Evangelio. Un conocido proverbio dice: "Obras son amores, y no buenas razones." Una sola acción desgraciada destruirá fácilmente miles de palabras. Vigilemos, pues, nuestras obras y acciones.

El testimonio de nuestra conducta es también un testimonio necesario. Los que confiesan a Jesucristo deben manifestar que han sido transformados por Él. Una de las grandes debilidades del evangelismo en nuestros días es precisamente que nuestras obras no siempre coordinan con nuestras palabras. Un filósofo del siglo XIX argumentaba que si los creyentes quieren que la gente crea en el redentor, deberán presentar más evidencia de que sus vidas han sido realmente redimidas. Lo que necesitamos hoy son creyentes que estén dispuestos a vivir, sufrir, sacrificarse y amar por amor a Jesús.

Asimismo, notemos que el testimonio de vida y conducta del cristiano nunca debe ir solo. Aun cuando el apóstol pone énfasis en la necesidad de un testimonio de conducta, no nos enseña que podemos ganar al mundo simplemente con hacer bien y ayudar a otros. Jesucristo nos exhortó a ser humanitarios y dar un vaso de agua al que tiene sed, pero añadió también: "EN MI NOMBRE." La conducta debe siempre ser interpretada por la Palabra de Dios. La vida y acción deben ser explicadas a raíz de nuestra fe cristiana y de la Palabra Santa.

Esto nos lleva al segundo modo de testificar, que es mediante la palabra. El apóstol nos exhorta a dar razón de nuestra fe a aquel que nos pregunta.

En primer lugar, debemos tener la aptitud para hablar de Cristo. Hay que estar listos siempre. No es necesario un doctorado en sagrada teología para estar listo. Pero sí debemos conocer las verdades fundamentales de la fe cristiana y hablar de nuestra experiencia con Cristo de forma clara y sincera. Si la mayoría de los apóstoles, que eran hombres ignorantes en cuanto al saber del mundo, podían testificar, no hay duda de que nosotros también podemos hacerlo.

Debemos testificar cuando alguien nos pide razón de nuestra fe. Esto no significa que debemos callar siempre hasta que seamos interrogados. Hay también que saber tomar la iniciativa, pero aun el mismo apóstol Pablo habla con frecuencia de puertas que le han sido abiertas para predicar el Evangelio. Esto nos enseña que nuestro testimonio será de mayor eficacia cuanto más interés tenga la persona con quien hablamos. Si hacemos una referencia casual a un amigo acerca de Cristo y notamos que se ha despertado un interés en su corazón, debemos aprovechar inmediatamente esta oportunidad que Dios nos concede.

Notemos aquí que en muchos casos será nuestra propia conducta la que dará lugar a tal oportunidad. El apóstol dice: "Estad siempre preparados… ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros" (1 Pedro 3:15). Es, pues, la actitud que el cristiano adopta en relación a esta esperanza, lo que atrae la curiosidad del no creyente. Esto es de importancia capital al dar testimonio de nuestra fe. La conducta de tal cristiano en situaciones adversas provoca una pregunta de orden espiritual en el corazón de un no creyente. Esta oportunidad es preciosa para testificar del poder salvador y la gracia de Dios en Cristo Jesús.

¿Cuál debe ser en tal caso nuestro testimonio? Muy sencillo. Debemos explicar nuestra conducta y comportamiento, no como fruto propio, sino como fruto de nuestra comunión con Cristo y debido a su fortaleza y su poder que mora en nosotros. Jesucristo es nuestra vida, esperanza y paz. Este es el mensaje que el mundo necesita hoy más que nunca. Si tienes a Cristo en tu corazón, comparte su presencia con otros. El apóstol Pedro nos enseña cómo debemos hacerlo. Testifiquemos, y Dios nos utilizará más. Testifiquemos con nuestra vida, nuestra conducta y con nuestras palabras. Este es el verdadero testimonio. Amén.


Palabras de Esperanza-Reforma viva



 

martes, 11 de septiembre de 2012

LOS ESTÍMULOS DEL CREYENTE


"…a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso."

Se ha dicho que uno de los mayores motivos en el decaimiento de las civilizaciones ha sido la falta de estímulos adecuados. Lo mismo ocurre en la esfera espiritual. El cristiano que no tiene poderosos motivos para seguir a Cristo y vivir la vida cristiana, desfallece y finalmente su obra no produce fruto alguno. Los cristianos primitivos tenían poderosos estímulos y motivos para vivir la vida cristiana. Su conducta era intachable, practicaban el amor y el perdón, soportaban el sufrimiento con paciencia y el abuso sin vengarse. También el cristiano de hoy tiene poderosos estímulos para seguir a Cristo. El apóstol Pedro nos los describe en su carta.

El primer estímulo es nuestra gratitud a Dios por su redención. El apóstol dice: "Bendito el Dios y padre… que nos hizo renacer." La base de toda conducta cristiana es ciertamente la gracia de Dios. No es que nosotros hayamos amado a Dios hasta merecer su gracia, sino que Él nos amó primero y en su amor nos hizo objeto de su misericordia divina. Dios nos salva de su propia voluntad y, por tanto, nuestra respuesta a su amor y misericordia debe ser la obediencia. Este principio tan fundamental de la gratitud cristiana lo hallamos ya expresado en los escritos de la Reforma y muy particularmente en el Catecismo de Hidelberg, que nos dice: "¿Cuántas cosas debes saber para vivir y morir felizmente?" Y la respuesta es: "Tres cosas. Primero la grandeza de mi pecado y miseria. Después cómo he sido redimido de todos mis pecados y miseria, y finalmente cómo debo dar gracias a Dios por tal redención." En este instructivo Catecismo los Diez Mandamientos ocupan la tercera sección y van precedidos por esta pregunta: "Si has sido redimido de tu miseria por la gracia de Cristo y sin mérito tuyo, ¿por qué debes hacer buenas obras?" Responde el catecismo: "Porque Cristo, después de redimirme con su sangre, me renueva por su Espíritu según su propia imagen, para que en mi vida entera me muestre agradecido a Dios por sus bendiciones y para que Él se glorifique en mí."

El segundo estímulo para una vida santa es el amor. Dice el apóstol Pedro refiriéndose a Jesucristo: "A quien sin haber visto le amáis" (1 Ped. 1:8). Aquí llegamos al corazón del Nuevo Testamento. En el N.T. hubo pocos que vieron a Jesús. Solo los primeros discípulos. Después de ellos, millares creyeron en Jesús sin haberle visto y a estos se dirige el apóstol. El amor a Cristo no se funda en la visión física de Jesús. La comunión verdadera con Cristo no necesita auxilios u objetos algunos que recuerden al Maestro. El que de entre nosotros ama a otro ser, le ama aún sin verle. El mismo Napoleón Bonaparte comprendió esta verdad: "Un poder extraordinario para influenciar y mandar nos ha sido dado –decía refiriéndose a Alejandro Magno, Carlomagno y a él mismo-, pero para ello ha sido necesaria nuestra presencia física, el ojo, la voz y la mano. En cambio, Jesucristo influenció y dirigió a sus súbditos sin su presencia visible y corporal por más de mil ochocientos años." ¿Le amamos nosotros, a Cristo, sin haberle visto?

El tercer estímulo para vivir una vida pura y justa es la esperanza cristiana. "Dios nos hizo renacer para una esperanza viva." En otro lugar el apóstol dice: "Y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios" (1 Ped.1:21). Solo podemos darnos cuenta de la importancia de esta esperanza cristiana cuando pensamos en lo que el cristiano debe renunciar por amor a Dios. El cristiano debe abstenerse de los deseos carnales (1Ped.2:11); vivir una vida santa (1Ped.1:14-15), soportar abuso e injusticia sin vengarse (1Ped.2:20-21). Hacer todo esto implica una inmensa renuncia y todas nuestras inclinaciones naturales están en contra de ello. El único estímulo es nuestra esperanza en la gloria eterna. El Nuevo Testamento enseña que hay una recompensa eterna después de la muerte en los cielos para aquellos que obedecen a Dios. Esta gloria futura es la que sostiene a los creyentes aquí en la tierra.

Este pasaje nos dice que debemos ejercitar esta esperanza. Los cristianos primitivos estaban dispuestos a morir, y lo hacían con una sonrisa en los labios. Aún hoy día, en países donde existe persecución religiosa, sabemos que muchos siguen dando su vida a sus verdugos, con la alegría que esta esperanza eterna les proporciona. El apóstol Pablo, aquel gran servidor de Dios que había sufrido toda clase de estragos y brutalidades por amor a Jesucristo, decía: "Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2Tim.4:6-8). Notemos especialmente sus últimas palabras: "…y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida." El retorno de Jesucristo es la bienaventurada esperanza de la iglesia. En otro lugar decía: "Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo" (Fil.3:20).

Si negamos esta esperanza, hemos silenciado el estímulo más poderoso que tenemos para vivir la vida cristiana. El creyente que pierde su fe en la segunda venida del Señor Jesucristo ha desmoronado el último baluarte de su fe. El Nuevo Testamento es la fuente más segura de esa gloriosa esperanza de la venida de Cristo.

¿Sobre qué fundamos nuestra vida y cómo miramos al futuro? Si hemos puesto nuestra fe en el Señor Jesucristo, necesitamos meditar más y más en estas gloriosas promesas que han de ser estímulos poderosísimos para que nuestra fe no caiga y desfallezca. El tiempo corre muy veloz, la vida presente es toda ella un período de crisis humana, y los que no tienen su fe y esperanza puestas en Jesucristo, no tienen donde refugiarse. Cree en Jesús y considera su gracia que nos redime, nuestro amor por Jesucristo, y la esperanza de la gloria eterna. Estos son los verdaderos estímulos del creyente.



Palabras de Esperanza-Reforma viva

miércoles, 1 de agosto de 2012

LA PALABRA QUE TRANSFORMA

Daniel García Ibarra

"Estudien las Escrituras;…ellas dan testimonio de mí"   Jesucristo

Por muchos años ya, la Sociedad Bíblica de México A. C. se ha propuesto promover la lectura de la Biblia en el idioma español y las lenguas nativas que se hablan a lo largo y ancho de nuestro Continente, en particular las de México. Con el mismo propósito y con bastante tiempo motiva a la población dedicando un mes, agosto, al cual se le ha dado en llamar el mes de la Biblia.

El pueblo evangélico de las diferentes denominaciones responde a esta iniciativa llevando a cabo diferentes actividades durante todos estos días, y especialmente concluyen las celebraciones el último domingo del mes con un culto especial en el cual se levanta una ofrenda la que se dedica para la publicación de la Biblia en tal manera que sea posible su adquisición a precios muy por debajo de su costo real.

¿Pero por qué tal interés de las mencionadas instituciones con los propósitos ya indicados? Las respuestas son el testimonio de la innumerable multitud de quienes leen el Sagrado volumen por la importancia de su contenido para la vida en el aquí y en el ahora; en el hoy y en el mañana de la eternidad. Incontables estudiosos de las Sagradas Escrituras del mundo cristiano, clérigos y laicos además de los lectores con propósitos literarios nos hablan del valor que significa para las personas el mensaje de lo que también se le conoce como la Ley de Dios, Palabra de Dios entre otros nombres, tanto del Antiguo Testamento (A. T.) como del Nuevo Testamento (N. T.).

Entre los muchos testimonios ofrezco los siguientes: la versión conocida como Nacar Colugna cita a San Agustín de Hipona quien dijo: "leed las Escrituras- decía en cierta ocasión con vehemencia, a sus ermitaños- leedlas para que no seáis ciegos y guías de ciegos". La misma versión al final del prólogo cita a Gregorio Magno quien exhortó así: "Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor aspiréis a las cosas eternas". El diccionario de la Santa Biblia publicado por la Sociedad Americana de Tratados informa que "la Biblia entera es la regla de fe para todos los cristianos, y no únicamente el Nuevo Testamento". La versión española afirma en la presentación que: "todos somos lectores, a nuestro modo, de la Biblia: como cristianos creyentes o por interés literario o cultural". Tiempo y espacio son insuficientes para citar al pueblo y a los muchos estudiosos de la palabra de Dios en lo que tienen que decirnos de su poder transformador de la vida; de quienes se dedican a su estudio, meditación y reflexión con propósitos de escuchar lo que Dios dice a la humanidad sobre la verdad y la razón de la vida.

Cuando se habla de la Biblia como Palabra de Dios nos estamos refiriendo con toda claridad al mensaje que Dios presenta en sus propósitos para salvación del hombre en su forma total y completa de lo que es el ser humano; no solamente de lo que se ha dado en llamar espiritual sino también de lo material; de su ser y hacer, de su relacionamiento con Dios, consigo mismo y con sus semejantes; lo cual incluye a todo el mundo en lo que es y en lo que lo forma. Es entonces cuando esta Palabra aceptada y llevada a la acción toma vida para transformación de las personas bajo la voluntad divina.

Jesucristo al enseñar al pueblo fue identificado como la Palabra de Dios hecha humano. Los oyentes del Nazareno se maravillaban de su doctrina porque "les enseñaba con autoridad, y no como los escribas". Por esta razón aceptaban su mensaje y cambiaban su manera de ser y hacer siempre con la dirección de Cristo, la Palabra de Dios. De esto también da testimonio la historia de la humanidad.

Nadie puede negar que nuestro mundo urja cambiar de rumbo en su modo de hacer la vida; esta es razón más que válida y suficiente para promover la lectura de la Biblia como Palabra de Dios, la cual es poderosa para transformar la vida total del hombre y sus estructuras.


 

martes, 17 de julio de 2012

LOS DEBERES DEL CREYENTE

“Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado”  (1 Pedro 1:13).

La carta del apóstol Pedro tiene secciones que se ocupan de la doctrina y otras que nos enseñan los deberes del creyente. Los deberes son fruto de las bendiciones. Los que poseen esta esperanza viva deben también observar una conducta santa. El apóstol empieza con una exhortación, al decir: "Ceñid los lomos de vuestro entendimiento"; en otras palabras, animaos y afrontad la vida con aquella esperanza, ánimo y determinación que han de caracterizar al cristiano, estando dispuesto siempre a hacer lo que es justo.

Existen hoy día dos tendencias. La una es hacia un misticismo exuberante que casi no se preocupa por los problemas de la vida. La otra es hacia un materialismo exorbitante que no se contenta sino con el mayor lijo y esplendor. Los días en que vivimos son días peligrosos, y no debemos ser ni soñadores ni materialistas. Debemos pensar, vivir sobriamente y con celo, propósito y resolución. Las palabras "Sed sobrios" no se refieren exclusivamente a la cuestión de las bebidas intoxicantes, sino muy especialmente al intoxicamiento de los placeres y riquezas del mundo. El dinero, prestigio, honor y sensualidad intoxican también al ser humano. Hay que hallar siempre un equilibrio en nuestra vida diaria que manifieste la bondad de Dios y su propósito para con los seres humanos. Veamos ahora en particular cuáles son estos deberes.

El primer deber es la santidad. El apóstol dice: "Sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir", y sostiene su afirmación recordando que los creyentes deben ser santos como Dios es santo. Dios nos redimió para que vivamos una vida santa. Notemos la esfera de esta santidad. La santidad a que el apóstol hace referencia no es una mera santidad de ritos y ceremonias, ni tampoco una serie de crisis espirituales. La santidad de la Biblia es una santidad en la vida y conducta. Por esto el apóstol dice: "Sed santos en toda vuestra manera de vivir". La santidad es obediencia absoluta a Dios. Tiene dos aspectos. El primero es negativo y consiste en abandonar todas aquellas prácticas pecaminosas que caracterizaban nuestra vida antes de conocer a Cristo. Los apóstoles no se abstienen de mencionar estos pecados por su nombre y hablan de la fornicación, borracheras, adulterio, así como del robo, los celos, la envidia, avaricia e hipocresía. Todo esto hemos de abandonar. Debemos repudiar y resistir al pecado.

Positivamente, ser santo significa practicar la justicia. Tenemos los diez mandamientos, las enseñanzas de Jesús y las cartas de los apóstoles que nos inclinan e instruyen para practicar la justicia. Debemos, pues, mantener ideales de verdad, pureza y honestidad.

La segunda obligación o deber del creyente es reverenciar y temer a Dios. Dice el apóstol: "Conducíos en temor todo el tiempo de vuestra preparación." Aun cuando Dios es nuestro Padre, Él es también nuestro Juez. Hay quienes no se dan cuenta de esto último. Todos los apóstoles sostienen esa aseveración del apóstol Pedro de que nuestra vida en Cristo Jesús permanece bajo el juicio y escrutinio de un Dios imparcial. Porque somos creyentes, debemos aun con más tesón ser honestos y verdaderos. El apóstol Pablo dice: "Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres; pero a Dios le es manifiesto lo que somos." El creyente no vive aterrorizado de Dios, pero porque ama a Dios y le reverencia, procura siempre hacer su voluntad. Si desobedecemos a Dios, debemos de arrepentirnos y acercarnos a Él cual hijos, pidiendo su perdón. Sabemos que "Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad."

Finalmente, el creyente tiene el deber del amor. El amor nace del carácter social de nuestra santidad. El cristiano no es un solitario, sino que vive una vida social completa especialmente con aquellos que comparten su fe y sus creencias. El amor es la característica del cristiano y el nuevo mandamiento de Jesucristo. El apóstol Juan, discípulo del amor, dice: "El que dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas. El que ama a su hermano permanece en la luz, y en él no hay tropiezo." El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor." El amor es esencial para el creyente como el aire y el agua son necesarios para la vida. El apóstol Pablo, en el capítulo trece de la carta a los corintios, enseña que aún una confesión de fe y una esperanza sincera no son mayores que el verdadero amor. El amor a Dios y a nuestros prójimos es una consecuencia natural de haber nacido de nuevo.

Nuestra civilización enferma necesita hoy más que nunca la medicina del amor. Necesitamos un amor sincero, no de palabras solamente, sino de hecho. Todos los versos y cantos sobre el amor son de poco valor si nos falta la práctica del mismo. En tiempos de odio y sospecha, de incomprensión y de amor propio, los que confesamos a Cristo hemos de recordar que somos la luz del mundo y la sal de la tierra. El ingrediente que producirá cambios radicales en nuestra vida y sociedad es el amor.

Los deberes a que nos sometemos gozosos los creyentes no son deberes imposibles de llevar a cabo. Por nuestras propias fuerzas sí que sería inútil intentarlos, pero sabemos que Jesucristo nos ayuda. Dios dio a su Hijo Jesucristo como suprema manifestación de su amor y este amor es el que nos inspira y nos da fuerza para amar a nuestros prójimos. Nuestros países necesitan el amor de Jesucristo y este amor debe empezar en nuestros corazones. Si somos hijos de Dios, redimidos por Jesucristo, nos amaremos entrañablemente y de corazón puro como dice el apóstol. ¡Qué importa que nos separen fronteras, o que sea distinto el color de nuestra piel, o que hablemos lenguas diferentes! Jesucristo nos hará uno en su perfecto amor. Este, es el deber esencial del cristiano.

Palabras de Esperanza – Reforma Viva.